Inercia

En física, la inercia es la propiedad de los cuerpos de resistirse al cambio del movimiento, por tanto, todo cuerpo conserva su estado de reposo o de movimiento uniforme si no hay una fuerza actuando sobre él o ésta no es lo suficiente grande. Sabemos, también, que ésta inercia de los cuerpos depende de su masa, de tal forma que a más masa tenga un cuerpo mayor será su inercia y más difícil será cambiar su estado de movimiento o de reposo. Ahora bien, ¿cuánta masa tiene nuestro mundo?, obviamente no hablamos de la Tierra sino de nuestro entorno, de nuestra organización social, del mundo que nos hemos organizado (o nos han organizado), el entorno social, económico y político en el que vivimos a diario, nuestro mundo, el de la frase “el mundo es una mierda”.Pues bien, si ese mundo pudiese formar parte de la población de estudio de la física y ser medido de alguna manera con parámetros como la masa no cabría duda de que nuestro mundo tiene, al menos, la masa suficiente para poseer una inercia enorme, una inercia muy superior a la fuerza de un hombre e incluso a la de un millón de hombres juntos.

“El mundo es una mierda” afirmamos a menudo, ignorando que el mundo no existe, pues el mundo somos nosotros, sólo existen las personas. Pero el mundo nos sigue pareciendo una basura, y si sólo existen las personas es obvio pensar que son ellas las que son una mierda, pero ¿de verdad alguien en su sano juicio piensa que todas las personas, todos y cada uno de los seres humanos, no solo los que existen, sino todos los que han existido y existirán son seres despreciables e intrínsicamente malvados?. No. Probablemente en el principio de los tiempos hubiese algunos hombres intrínsicamente malvados o egoístas, también probablemente los haya ahora, pero a estas alturas de la historia, con la madeja tan enrrollada, echar toda la culpa sobre los hombros de esos pocos hombres es, cuanto menos, absurdo. No niego la existencia de esos hombres, pero no son, ni mucho menos, la mayoría. Sin embargo al salir a la calle todos los días no podemos más que pensar lo contrario, todo el mundo vive en una especie de enfado constante y mirándo su propio ombligo. Es aquí donde entra en juego nuestra nueva e inventada lectura sobre la inercia, esa gente no es malvada porque sí, son (somos) simples víctimas de un sistema tan enmarañado, que ha rodado tanto que se a hecho una bola inmensa con una inercia enorme e inexorable. Nuestro mundo, nuestra sociedad, nuestro sistema ecónomico (y sus injusticias) es una bola enorme que posee una inercia enorme y nos arrastra con ella, por mucho que nos pongamos delante nos aplastaría una y mil veces.

Podríamos inventarnos de nuevo otra analogía física. En todos los sistemas físicos nada está aislado, existen interconexiones entre todo y los resultados dependen completamente del conjunto y la forma de éste y no sólo de los individuos por separado. Lo mismo pasa en nuestra “mierda de mundo”, todas o casi todas las personas nacen puras, intrínsecamente buenas: es del conjunto de donde emergen las injusticias.

Vivimos en un mundo en el que priman los intereses individuales de unos pocos por encima de los intereses y derechos del colectivo, un mundo corrompido lleno de injusticias y desigualdades en el que parece que todo se decide según el barómetro del dinero y el afán de lucro. Pero éste comportamiento no parece intrínsico del ser humano (al menos no todo) y si más un producto del entorno y de la educación que impone un sistema económico homicida y decadente a todos los niños nada más nacer.

Algunos consciente, pero en su mayoria inconscientemente, educamos a los niños como si la vida consistiera en una competición en la que hay que llegar el primero de todos a no se sabe muy bien qué lugar y donde todos nuestros coetáneos, incluso los más cercanos, son rivales a los que hay que adelantar o pisar si es necesario sin ningún reparo.

Desde pequeños, ya en el colegio, nos obligan a competir por la mejor nota, por ser el más popular o el favorito de la profesora, nos dicen que está mal dejar que alguien se copie de nuestro exámen e incluso nos hacen reticentes a prestar apuntes y demás a nuestros propios compañeros. En cualquier clase universitaria se dejan apuntes, fotocopias o cualquier otro material didáctico mientras los estudiantes nos avalanzamos cual aves de rapiña, sin repartir o acordar orden alguno, sin pensar en los que llegarán tarde, como si en lugar de compañeros, no sólo de clase sino de generación y de inquietudes, fuesemos enemigos, fuesemos competidores.

Todo ésto y todas (o casi todas) las desgracias e injusticias del mundo son el resultado de educar a generaciones enteras en mentiras, pues no hay mentira más obvia que la que los seres humanos tenemos que competir, ¿competir por qué?, ¿no vamos a acabar todos igual?. Son los que manejan los hilos del sistema y del capitalismo los que nos imponen esa educación que nos brindan desde pequeños, esa forma absurda de ver la vida, con el único afán de dar sentido a las suyas propias, pues ellos mismos son conscientes de que su dinero, sus cuentas bancarias, su fama, su poder, sus palacios, sus familias, etc, carecen de toda transcendencia en un mundo en el que acabarán exactamente igual que el humilde músico ambulante que toca en la boca del metro a cambio de limosna, el ama de casa cargada de paciencia que mantiene cinco hijos con un único sueldo, el obrero que se deja las manos y la espalda en la fábrica o el incansable labrador que cuida con mimo su huerta cada día a merced de la meteorología. Son ellos los que quieren que aceptemos los ideales egoístas del capitalismo sólo para no aceptar el total vacío de sus propias vidas, la total intranscendencia de sus cuentas corrientes y de todo aquello a lo que tanto tiempo han dedicado. Fue el primer mono que cogió un palo y dijo “ésto es mío” el que se lo robó a todos los demás y empezó ésta gran bola capitalista que nos aplasta, es el concepto de propiedad (dónde las cosas no son de uno en la medida en que las usa sino en la medida en que no son del vecino) la que perpetúa ésta gran inercia de la enorme bola capitalista que nos aplasta, es el capitalismo el que nos instaura poco a poco en nuestras mentes o subsconscientes sus ideales de egoísmo y competición, de supervivencia del más fuerte. Por tanto, como dice Robert Laughlin sobre los sistemas físicos, podemos decir que la maldad de nuestro mundo no es una propiedad de los individuos sino una cualidad que emerge del conjunto de una sociedad esclavizada y arrollada por un sistema capitalista homicida y egoísta.

Pero aún así existen muchísimas personas conscientes de todo esto o que, al menos, saben que la vida no es una competición ni un concurso, que la vida es mucho más leve que todo eso, que la vida va mucho más allá de coleccionar objetos, diplomas, fama o subir peldaños, que la vida es otra cosa, que la vida no es una carrera, sino un paseo.

The Wire, la historia de la inercia.

 

Quizá parezca que nadie intenta cambiar el mundo, quizá sólo sea que son arrastrados por esa enorme inercia de un sistema tan enredado. Es muy dificil cambiar un ápice el mundo, y mucho más en una batalla tan desigüal en medios y en número, pero hay muchos que lo intentan, quizá su labor simplemente quede sepultada, oculta, casi invisible debajo del golpe de la inercia, pero si uno observa con cuidado puede ver a diario en todos los lugares pequeñas personas, con pequeños esfuerzos, con pequeños medios pero grandes intenciones que intentan cambiar el mundo en el que vivimos, y si bien es evidente que no lo cambian en esencia si lo pueden hacer en forma, si bien no lo hacen a lo grande si lo hacen a pequeñas escalas, porque aunque sólo se logre acabar con una minúscula injusticia o cambiar la forma de pensar de una sóla persona habrá merecido la pena el esfuerzo de miles de ellas. Aunque no lo parezca esas personas existen, existen policías y curas impávidos y valientes ante sus respectivas instituciones corrompidas hasta los cimientos, existen obreros con dignidad y conciencia de clase, existen profesores que rechazan los métodos tradicionales e intentan que sus alumnos piensen por sí mismos y se cuestionen todo, hasta aquello más sagrado, existen periodistas que aún buscan la verdad y no se limitan a copiar lo que imponen los grandes poderes mediáticos y políticos, etc. Sus voces son bajas y sus actos pequeños, pero existen. Muchos lo hacen sin darse cuenta, otros lo hacen aposta, unos desisten ante la fuerza de la inercia que les empuja en direccion contraria, otros insisten, pero lo importante es que existen, estan ahí aunque cueste verlos. Quizá la única manera de cambiar el mundo sea buscar, encontrar y conservar esas personas, quizá esa sea nuestra labor moral en una sociedad que se hunde en el fango, quizá ese sea el sentido de nuestras vidas.

Porque aunque sean muchos aún son muchísimos menos de los necesarios, porque cuando tropiezas con uno lo sabes y lo notas, es nuestra labor, nuestra obligación y nuestro placer personal encontrar a esas personas, compartir nuestras inquietudes con ellas, aprender de ellas, hacerlas saber la labor esencial y esperanzadora que hacen y sobretodo, conservarlas, necesitamos encontrarlos, cada uno en su propio viaje exclusivo y único.

El escritor Ray Bradbury en su libro Fahrenheit 451 dice lo siguiente:

“Hubo un pajarraco llamado Fénix, mucho antes que Cristo. Cada pocos siglos encendía una hoguera y se quemaba en ella. Debía de ser primo hermano del Hombre. Pero, cada vez que se quemaba, resurgía de las cenizas, conseguía renacer. Y parece que nosotros hacemos lo mismo, una y otra vez, pero tenemos algo que el Fénix no tenía. Sabemos la maldita estupidez que acabamos de cometer. Conocemos todas las tonterías que hemos cometido durante un millar de años, y en tanto que recordemos esto y lo conservemos donde podamos verlo, algún día dejaremos de levantar esas malditas piras funerarias y a arrojarnos sobre ellas. Cada generación, habrá más gente que recuerde”.

Porque cuanta más gente recuerde menos inercia habrá. Porque quizá no podamos dar a nuestros hijos o nietos un mundo más justo, pero si podemos darle uno con más gente que recuerde y menos inercia todo esfuerzo habrá merecido la pena. Porque buscando, encontrando y conservando a esas personas cada generación que pase habrá más gente consciente del sinsentido en el que vivimos y antes llegará el día en el que éste absurdo acabe.

Todo ésto es sólo una hipótesis, probablemente errónea (el hombre ha sido egoísta en otros entornos y sistemas económicos) y a muy largo plazo, probablemente más del que disponemos si seguimos a este paso, pero la otra opción es la violencia, de la cual, observando la historia del ser humano, se desprende que no sólo crea más violencia, odio y dolor sino que sólo cambia unos jefes por otros.

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