Porqué te conviene ser un idiota

paro
Muy contentos de estar parados:  si siguieran trabajando durante la crisis, acabarían en el paro ellos y todos sus amigos.


“A la hora de explicar el paro conviene ser un idiota porque, si no fuésemos un poco idiotas, no tendríamos más remedio que descubrir hasta qué punto es absurdo o incongruente afirmar que “falta trabajo”. ¿Cómo podría “faltar trabajo”? Lo único que puede faltar al hombre es riqueza, y, si éste fuese el caso, lo único que “haría falta” sería trabajar más. Y si lo que ocurre es lo contrario, si lo que ocurre es que sobra riqueza, ¿a fin de qué seguir trabajando? Demasiado ingenuo, demasiado sencillo, sin duda. Sin embargo, así de ingenuo y de sencillo es este problema en lo que concierne a los seres humanos. Lo que pasa es que aquí no sólo cuentan los seres humanos. Además de ellos, hay unas estructuras productivas que tienen sus propias necesidades. Toda vez que cualquier posible condición de trabajo es de carácter privado, sólo podemos trabajar a través del contrato con un propietario. Por otro lado, conviene trabajar, porque la propiedad de las empresas se adueña por ese procedimiento de todos los productos sociales y necesitamos, en consecuencia, dinero para poder comprárselos después. No es ése, sin embargo, el problema. Si se tratara sólo de esto, podríamos denunciar quizá la explotación en una de sus formas, pero nunca podríamos quejarnos de que “falta trabajo”, pues cuanto mayor fuera el número de obreros y mayor el número de horas trabajadas más se beneficiarían teóricamente los empresarios. Pero es que, en efecto, el problema es mucho más complicado: el propietario no se conforma con obtener un gran beneficio en forma de productos; quiere además transformarlos en dinero y para ello necesita un mercado. Y si no encuentra ese mercado se puede ver obligado, en un determinado momento, a reducir su plantilla para reducir así la producción.

Sí, en efecto: el problema es mucho más complicado. Si falta mercado, sobra riqueza, riqueza que no podemos consumir, pues si no trabajamos no es porque nos guste holgazanear sino porque estamos en paro, lo cual es muy distinto. Cuando a nosotros nos falta riqueza es justo cuando a nuestra economía le sobra y es entonces, precisamente, cuando no nos dejan trabajar. Y cuando a nuestra economía le falta riqueza, que es cuando no hay crisis y todo va bien, se quedan esa riqueza unos pocos a cambio de hacernos el favor de permitirnos perder nuestra vida trabajando…

Sí…, todo es muchísimo más complicado porque entre los seres humanos y sus productos existe una interferencia complicadísima: la economía privada. Gracias a ella estamos muy contentos de matarnos a trabajar: así beneficiamos a nuestra empresa y, evitando que quiebre, no corremos el riesgo de acabar en paro. Pero también tenemos que estar muy contentos de estar parados: porque si siguiéramos trabajando durante la crisis, la empresa se arruinaría del todo y acabaríamos en el paro no sólo nosotros sino también nuestros amigos. Claro que podríamos preguntar: ¿Por qué sería nefasto que nos repartiéramos el trabajo con los parados?
Lo más prudente al respecto es acogerse a un lugar común que oculta no sólo una mentira sino, además, una estupidez: “sería nefasto porque entonces tendríamos también que repartir nuestro sueldo, que no es muy alto por lo general”. Sin duda esto es mentira, pues si el paro es una consecuencia del exceso de riqueza, no se entiende por qué, en lugar de repartir ese excedente de riqueza, habría necesidad de repartir nuestros salarios. Es una mentira, sí, pero conviene creerla… ¿Por qué? Porque resulta que este problema también es “más complicado”: ¡no somos nosotros los que tenemos que repartir nuestros sueldos! Es el dueño de la fábrica el que tendría entonces que pagar dos salarios en lugar de uno para fabricar la misma riqueza, pues si fabricara más ya no encontraría mercado donde venderla. Así que nos conviene creer que es imposible repartir el trabajo: si ponemos en esa encrucijada al empresario, sus problemas aumentarán y la crisis se agravará; se verá obligado a cerrar una fábrica que no le reporta suficiente beneficio y, en lugar de regalárnosla para que podamos continuar trabajando por nuestra cuenta, la venderá a otras empresas privadas o le prenderá fuego para poder cobrar el seguro, después de huir al extranjero con el dinero que nos debiera. Si repartiéramos el trabajo con los parados en estas condiciones, acabaríamos todos engrosando la lista del paro y nos habríamos hecho el peor de los servicios. Es mucho mejor creerse cualquier mentira que impida que podamos concebir semejante proyecto, por muy humanitario y sensato que nos parezca. Mientras exista la economía privada, no conviene ser sensato ni humanitario: no nos conviene, ni a nosotros ni a los empresarios.”

 

Carlos Fernández Liria y Santiago Alba Rico. Dejar de pensar 

 

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