No tenéis madera ni para hacer el vago

«¿Y vosotros, los que vivís en medio de una actividad incesante, frenética, compulsiva, los que andáis siempre inquietos; cómo no os habéis cansado ya de vivir? ¿No sois terreno abonado para que os exhorten a morir? Todos los que gustáis de la actividad frenética, de lo rápido, de lo nuevo y de lo raro, no os soportáis a vosotros mismos; y toda esa diligencia vuestra no es más que evasión y un ansia de olvidaros a vosotros mismos. Si tuviérais más fe en la vida, os entregaríais menos al instante. No tenéis madera para esperar; ni tan siquiera para hacer el vago.»

Friedrich Nietzsche. Así habló Zaratustra

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Por no haber ya no hay ni bárbaros

¿Por qué no acuden como siempre nuestros ilustres oradores
a brindarnos el chorro feliz de su elocuencia?
Porque hoy llegan los bárbaros
que odian la retórica y los largos discursos.

¿Por qué de pronto esa inquietud
y movimiento? (¡Cuánta gravedad en los rostros!)
¿Por qué vacía la multitud calles y plazas
y sombría regresa a sus moradas?

Porque la noche cae y no llegan los bárbaros
y gente venida desde la frontera
afirma que ya no hay bárbaros.

¿Y qué será ahora de nosotros sin bárbaros?
Quizá ellos fueran una solución después de todo.

Esperando a los bárbaros. K.Cavafis

 

 

Porqué te conviene ser un idiota

paro
Muy contentos de estar parados:  si siguieran trabajando durante la crisis, acabarían en el paro ellos y todos sus amigos.


“A la hora de explicar el paro conviene ser un idiota porque, si no fuésemos un poco idiotas, no tendríamos más remedio que descubrir hasta qué punto es absurdo o incongruente afirmar que “falta trabajo”. ¿Cómo podría “faltar trabajo”? Lo único que puede faltar al hombre es riqueza, y, si éste fuese el caso, lo único que “haría falta” sería trabajar más. Y si lo que ocurre es lo contrario, si lo que ocurre es que sobra riqueza, ¿a fin de qué seguir trabajando? Demasiado ingenuo, demasiado sencillo, sin duda. Sin embargo, así de ingenuo y de sencillo es este problema en lo que concierne a los seres humanos. Lo que pasa es que aquí no sólo cuentan los seres humanos. Además de ellos, hay unas estructuras productivas que tienen sus propias necesidades. Toda vez que cualquier posible condición de trabajo es de carácter privado, sólo podemos trabajar a través del contrato con un propietario. Por otro lado, conviene trabajar, porque la propiedad de las empresas se adueña por ese procedimiento de todos los productos sociales y necesitamos, en consecuencia, dinero para poder comprárselos después. No es ése, sin embargo, el problema. Si se tratara sólo de esto, podríamos denunciar quizá la explotación en una de sus formas, pero nunca podríamos quejarnos de que “falta trabajo”, pues cuanto mayor fuera el número de obreros y mayor el número de horas trabajadas más se beneficiarían teóricamente los empresarios. Pero es que, en efecto, el problema es mucho más complicado: el propietario no se conforma con obtener un gran beneficio en forma de productos; quiere además transformarlos en dinero y para ello necesita un mercado. Y si no encuentra ese mercado se puede ver obligado, en un determinado momento, a reducir su plantilla para reducir así la producción.

Sí, en efecto: el problema es mucho más complicado. Si falta mercado, sobra riqueza, riqueza que no podemos consumir, pues si no trabajamos no es porque nos guste holgazanear sino porque estamos en paro, lo cual es muy distinto. Cuando a nosotros nos falta riqueza es justo cuando a nuestra economía le sobra y es entonces, precisamente, cuando no nos dejan trabajar. Y cuando a nuestra economía le falta riqueza, que es cuando no hay crisis y todo va bien, se quedan esa riqueza unos pocos a cambio de hacernos el favor de permitirnos perder nuestra vida trabajando…

Sí…, todo es muchísimo más complicado porque entre los seres humanos y sus productos existe una interferencia complicadísima: la economía privada. Gracias a ella estamos muy contentos de matarnos a trabajar: así beneficiamos a nuestra empresa y, evitando que quiebre, no corremos el riesgo de acabar en paro. Pero también tenemos que estar muy contentos de estar parados: porque si siguiéramos trabajando durante la crisis, la empresa se arruinaría del todo y acabaríamos en el paro no sólo nosotros sino también nuestros amigos. Claro que podríamos preguntar: ¿Por qué sería nefasto que nos repartiéramos el trabajo con los parados?
Lo más prudente al respecto es acogerse a un lugar común que oculta no sólo una mentira sino, además, una estupidez: “sería nefasto porque entonces tendríamos también que repartir nuestro sueldo, que no es muy alto por lo general”. Sin duda esto es mentira, pues si el paro es una consecuencia del exceso de riqueza, no se entiende por qué, en lugar de repartir ese excedente de riqueza, habría necesidad de repartir nuestros salarios. Es una mentira, sí, pero conviene creerla… ¿Por qué? Porque resulta que este problema también es “más complicado”: ¡no somos nosotros los que tenemos que repartir nuestros sueldos! Es el dueño de la fábrica el que tendría entonces que pagar dos salarios en lugar de uno para fabricar la misma riqueza, pues si fabricara más ya no encontraría mercado donde venderla. Así que nos conviene creer que es imposible repartir el trabajo: si ponemos en esa encrucijada al empresario, sus problemas aumentarán y la crisis se agravará; se verá obligado a cerrar una fábrica que no le reporta suficiente beneficio y, en lugar de regalárnosla para que podamos continuar trabajando por nuestra cuenta, la venderá a otras empresas privadas o le prenderá fuego para poder cobrar el seguro, después de huir al extranjero con el dinero que nos debiera. Si repartiéramos el trabajo con los parados en estas condiciones, acabaríamos todos engrosando la lista del paro y nos habríamos hecho el peor de los servicios. Es mucho mejor creerse cualquier mentira que impida que podamos concebir semejante proyecto, por muy humanitario y sensato que nos parezca. Mientras exista la economía privada, no conviene ser sensato ni humanitario: no nos conviene, ni a nosotros ni a los empresarios.”

 

Carlos Fernández Liria y Santiago Alba Rico. Dejar de pensar 

 

De como defender la barbarie sin darse cuenta

“Las libertades individuales, la división de poderes, las garantías procesales o el carácter democrático de la toma de decisiones constituyen, sin duda, principios irrenunciables. Ahora bien, lo que no se puede ignorar es que, una vez asentada la ficción de considerar propietarios a quienes no tienen para vender más que el derecho de uso de su propio pellejo, al Derecho le resulta muy difícil tener alguna posibilidad. Así, bajo condiciones capitalistas puede resultar catastrófico realizar “las exigencias de la Razón” sin protegerse de algún modo de la lógica que opera en la esfera de lo económico. Lo realmente perverso y paradójico de la situación es que puede llegarse a defender la barbarie sin dejar en ningún momento de tener razón: basta con defender la pureza absoluta del Derecho sin vigilar muy de cerca la dinámica capitalista.”

Luis Alegre Zahonero y Carlos Fernández Liria. Capitalismo y ciudadanía: la anomalía de las clases sociales.

Utopías estrafalarias

“…de todas las utopías que se le han ocurrido a la humanidad, la más disparatada es la pretensión de que un montón de individuos absolutamente desvinculados los unos de los otros, persiguiendo cada uno exclusivamente su propio interés, puedan dar lugar a una sociedad armoniosa (por acción de alguna astucia de la Razón del tipo “mano invisible”). No es que la sociedad resultante no sea armoniosa; el problema es que de ahí no hay forma de que resulte ningún tipo de sociedad. El mercado supone, por definición, la concurrencia de un montón de individuos que, en su trato con los otros, no persiguen nada más que el máximo beneficio propio. Y el intento de constituir una “sociedad de mercado” (es decir, el intento de edificar una sociedad exclusivamente a partir de este principio) es un suicidio que implica necesariamente la disolución y descomposición de cualquier sociedad que pretenda llevar a cabo en serio esta utopía estrafalaria.”

Carlos Férnandez Liria. Comprender Venezuela, pensar la democracia.

Sigamos preocupándonos de lo subjetivo

Tienen el pellejo curtido y el corazón templado. Por todas partes reciben palos. Palos exclusivos para ellos. Vivan los espiritistas, los monarquistas, los aberrantes, los criminales de varios grados. Viva la filosofía con humo pero sin esqueletos. Viva el perro que ladra y que muerde, vivan los astrólogos libidinosos, viva la pornografía, viva el cinismo, viva el camarón, viva todo el mundo, menos los comunistas. Vivan los cinturones de castidad, vivan los conservadores que no se lavan los pies ideológicos desde hace quinientos años. Vivan los piojos de las poblaciones miserables, viva la fosa común gratuita, viva el anarcocapitalismo, viva Rilke, viva André Gide con su corydoncito, viva cualquier misticismo. Todo está bien. Todos son heróicos. Todos los periódicos deben salir. Todos pueden publicarse, menos los comunistas. Todos los políticos deben entrar en Santo Domingo sin cadenas. Todos deben celebrar la muerte del sanguinario, del Trujillo, menos los que más duramente lo combatieron. Viva el carnaval, los últimos días del carnaval. Hay disfraces para todos. Disfraces de idealista cristiano, disfraces de extremo izquierda, disfraces de damas benéficas y de matronas caritativas. Pero, cuidado, no dejen entrar a los comunistas. Cierren bien la puerta. No se vayan a equivocar. No tienen derecho a nada. Preocupémonos de lo subjetivo, de la esencia del hombre, de la esencia de la esencia. Así estaremos todos contentos. Tenemos libertad. Qué grande es la libertad. Ellos no la respetan, no la conocen. La libertad para preocuparse de la esencia. De lo esencial de la esencia.

Así han pasado los últimos años. Pasó el jazz, llegó el soul, naufragamos en los postulados de la pintura abstracta, nos estremeció y nos mató la guerra. En este lado todo quedaba igual. ¿O no quedaba igual?. Después de tantos discursos sobre el espíritu y de tantos palos en la cabeza, algo andaba mal. Muy mal. Los cálculos habían fallado. Los pueblos se organizaban. Seguían las guerrillas y las huelgas. Cuba y Chile se independizaban. Muchos hombres y mujeres cantaban la Internacional. Qué raro. Qué desconsolador. Ahora la cantaban en chino, en búlgaro, en español de América. Hay que tomar urgentes medidas. Hay que proscribirlo. Hay que hablar más del espíritu. Exaltar más el mundo libre. Hay que dar más palos. Hay que dar más dólares. Esto no puede continuar. Entre la libertad de los palos y el miedo de Germán Arciniegas. Y ahora Cuba. En nuestro propio hemisferio, en la mitad de nuestra manzana, estos barbudos con la misma canción. ¿Y para qué nos sirve Cristo?. ¿De qué modo nos han servido los curas?. Ya no se puede confiar en nadie. Ni en los mismos curas. No ven nuestros puntos de vista. No ven cómo bajan nuestras acciones en Bolsa. 

Mientras tanto trepan los hombres por el Sistema Solar. Quedan huellas de zapato en la Luna. Todo lucha por cambiar, menos los viejos sistemas. La vida de los viejos sistemas nació de inmensas telarañas medievales. Telarañas más duras que los hierros de la maquinaria. Sin embargo, hay gente que cree en el cambio, que ha practicado el cambio, que ha hecho triunfar el cambio, que ha florecido el cambio. Caramba. La primavera es inexorable.

 

Pablo Neruda

Seres cuantitativos

“Todo hombre se aplica en crear para el otro una necesidad nueva para exigirle un nuevo sacrificio, colocarle en una nueva dependencia y llevarle a un nuevo modo de placer. Con la masa de los objetos aumenta el dominio de los seres extraños a los que el hombre está sometido y todo producto nuevo refuerza aún más el engaño recíproco y el robo mutuo. La cantidad de dinero se hace cada vez más la única y poderosa propiedad del hombre; igual que reduce todo ser a su abstracción, él se reduce a sí mismo, en su propio movimiento, a un ser cuantitativo. La ausencia de medida y la desmesura se convierten en su verdadera medida”.

Karl Marx