Las vías

trenmostolesCaminaba cabizbajo por el camino habitual de regreso a casa cuando las vio. Alzó la cabeza y las vio por encima del muro: las vías del tren. Su camino de vuelta a casa discurría paralelo a ellas durante un pequeño tramo antes de llegar a la avenida. El muro era alto y no las dejaba ver salvo en un pequeño tramo final, cuando las vías giraban hacia la derecha en su camino hacia las afueras del municipio. En ese pequeño tramo el muro se iba haciendo algo más bajo de forma escalonada y se podían ver, si se alzaba la cabeza, las vías del tren con sus traviesas de madera y sus piedras. Justo en ese tramo, y por encima de ellas, pasaba un puente de metal estrecho y gris que permitía cruzar de un lado a otro y cuya imagen siempre le llevaba al mismo pensamiento, lo veía casi a diario y siempre pensaba en que no recordaba haberlo usado jamás. A veces veía en él chavales de pantalón corto cruzando camino a las pistas de fútbol o adolescentes dándose el lote aprovechando lo poco transitado del puente. Un día se fijó en una niña dejando rodar por la parte final del puente, que era toda una rampa larguísima, una pelota, rodando y botando hacia abajo hasta la carretera. A la niña parecía encantarle ver el balón precipitarse y coger velocidad, sólo cuando llegó a la carretera y se metió entre los coches pareció arrepentirse de haberlo soltado. No era la primera vez que veía las vías pero sí al menos la primera vez que las miraba de forma consciente. Cuando era pequeño hacía el mismo recorrido con sus  padres o con quien quisiese que fuera en ese momento, pues era el trayecto más corto desde casa a la estación de tren y viceversa. Recordó que siempre probaba si por la parte baja del muro alcanzaba a ver las vías andando de puntillas o, a veces, saltando. Y si escuchaba el ruido del tren que se acercaba, con más motivo. No conocía otro punto donde supiera que pasaba el tren y ver las vías en la estación no tenía mérito. Recordó que por aquel entonces, cuando era niño, el muro, incluso en ese tramo, era demasiado alto y nunca alcanzaba a verlas. De repente le pareció importante el hecho de que de niño siempre hubiese deseado ver esas mismas vías justo ahí, en esa misma curva. Las vías y las piedras. Siempre que pasaba. Y los postes y señales de tráfico de los ferroviarios. Y la parte posterior del muro del otro lado. Con todos esos grafitis. Pensó en que aquel camino no había cambiado mucho. El muro era el mismo muro y su color y su tacto eran como entonces salvo por alguna capa de pintura. Pensó en lo curioso de tener parecidos pensamientos y sensaciones cuando pasaba por el mismo sitio desde que era pequeño, pues incluso ahora, ya mayor, siempre que iba solo y sin pensar en nada también tenía el impulso natural e inconsciente de alzar la vista para intentar alcanzar a ver las vías de metal y las traviesas de madera. Ahora alcanzaba a verlas y se acordaba de cuando no. La luz del atardecer se reflejaba parcialmente en la parte más pulida y brillante de las vías y pensó que era un paisaje bonito. Se preguntó si a alguna otra persona de aquel municipio del sur de Madrid se lo habría parecido también alguna vez. Al fin y al cabo eran unas vías. Continuó su camino de regreso a casa pensando en estas cosas y decidió que, en contra de lo que le decía toda aquella gente que detestaba y en contra de lo que querían en esas ofertas y entrevistas de trabajo que fuera, él era esas vías. E incluso quizá también un poco el muro, el puente y la niña del balón. No era mucho más. Ni menos. Él era aquello, pertenecía a aquel lugar, alcanzó a verlas, y se prometió intentar no dejarse nunca confundir.

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