Lentitud

Y la miraba dormir. El futuro le pareció posible, le pareció benigno como un día sin calor excesivo y sin un frío perturbador. El aburrimiento le pareció posible. Desear encontrarse con Laura en el pasillo o darse cuenta con ella de que ya son las siete y la luz se retira. Durante años lo había repudiado con horror. Como si el aburrimiento fuera prueba irrefutable de cierta conformidad. Ahora le parecía prueba de vida. Él siempre había vivido a la carrera. Persiguiendo siempre un resarcimiento, una compensación por algún gasto o pérdida que ya no conseguía recordar. Y ahora la lentitud le parecía posible. Terminar cada cosa que empezara. Dejar de ir a la zaga de lo que merecía, de lo que había creído merecer e ir en paso parejo con los días de la semana, con los meses del año, con los años que le quedaban para morir. No era conformidad. La lentitud no era conformidad sino tal vez la prisa. Como haber perdido algo y abrir uno tras otro, corriendo, los cajones, levantar las carpetas y los libros, los abrigos, y empezar con los cajones otra vez: la prisa era aceptar que no lo encontraríamos y en cambio estarse quieto, hacer memoria para recordar en dónde lo pusimos, eso era la lentitud.

Belén Gopegui. El lado frío de la almohada.

Un cabezazo

 

GodinQue si vender camisetas. Que si lo único que importa es el dinero. Que si emprende. Que si vete a Alemania. Que si la formación. Que si estudia más, siete años no son suficiente. Que si el inglés. Que si el chino. Que si su puta madre. Que si un máster. Que si Cristiano en Vogue. Que si el curriculum. Que si el LinkedIn. Merchandaisin. Valor añadido. Que si cupcakes. Gintonics azules. Celofán. Plástico. Que si 100 millones. Que si Messi. CR7. Que te adaptes. Flexibilidad. Que si yo siempre gano. Que si siete idiomas. Contactos. Networking. Que si os van a vender a todos los jugadores. Que si hace 40 años que no lo conseguíais. Que si hace 18. Que si nueve copas. Que si yo más. Que si experiencias en paquetes de la Fnac. Low Cost. Multidisplinar. Que si helipuertos. Que si vendo. Que si compro. Que si triplete. Que si esta ropa. Que si este peinado. Que si Courtois se quiere ir. Marketing. Powerpoints.

Todos los días la misma historia. Que el éxito es esto mío. Su receta. Sus marcos. Que fuera no hay nada. Que la belleza es un anuncio. Que la vida está en esas cosas suyas, donde ellos dicen. Y lo dicen ellos. Los que ven Walking Dead y no se reconocen. Ellos, que ni si quiera están vivos.

Aunque antes inspiraban rabia y mucho, mucho odio, ahora sólo te pueden dar lástima. Pretendida y pretenciosa trascendencia como escudo de la más absoluta mediocridad. Pobres. Que ni intuyen que la vida está en otro sitio. En una fórmula. En un contragolpe. En una cobertura. En un disco. En una constelación. En Betelgeuse. En la emperatriz de Lavapiés. En un acento. En el sentido del humor del anciano. En un chiste. En unas patillas. En esa chica del autobús. En un par de adolescentes en el portal. En un riff. En un riff repetido una y otra vez, una otra vez. En el abuelo con su nieto. En el nieto imitando al abuelo. En una sonrisa. En una anécdota. En los que dan sin pedir. En una mirada. En las cosquillas. En dos abuelos bailando un chotis, como entonces. En las gallinejas. En una cerveza fría. En el consuelo de una madre. En unas manos tirando de una pancarta. En otras manchadas de spray. En la mirada cómplice de un atlético desconocido. En reconocer tus colores desde la otra acera. En un Aúpa Aleti anónimo por la calle un domingo de mayo. En un Aúpa Aleti con los ojos. En una camiseta rojiblanca en el recreo. En la puerta cero. En un Salvemos el Calderón. En un porro. En posts que bien podrían ser un doctorado en táctica futbolística. En aquel libro. En un indio. En el Socios. En la primera vez que gatea. En la primera palabra. En un flequillo. En los que vieron a Luis saltar desde el fondo de un bar. En un cabezazo de Godín.

Algunos decimos no porque estamos vivos, o estamos vivos porque decimos no. Algunos somos del Atleti porque estamos vivos, o estamos vivos porque somos del Atleti.

 

Detrás del paro hay un bosque

Te pasas toda tu juventud estudiando, estudiando algo que ni si quiera te gusta porque cuando fuiste a elegir sólo pensaste en las salidas.

Entonces te quejas de profesores, de reformas educativas que no educan, forman.

Entras en el mercado, y te pasas toda tu vida trabajando. En un trabajo que no te llena, ni aporta nada, pero que era una gran salida, aunque aún no sepas a dónde.

Entonces te quejas de sueldos, horarios, jefes, de que te pasarás toda la vida trabajando.

¿Y sabes todas esas cosas que siempre soñaste, que siempre quisiste hacer alguna vez en la vida?. Bueno, pues no puedes, porque hoy trabajas.

Entonces te vuelves a quejar de sueldos, horarios, jefes, de que te pasarás toda la vida trabajando

Tienes hijos. Hijos que no puedes educar porque tienes que trabajar.

Entonces te quejas de profesores, planes de estudio, guarderías, horarios, actividades extraescolares, videojuegos, música rock, de que tu hijo es un mal educado y la culpa es de los demás.

Llegas a los sesentaitantos y dejas de trabajar.

Entonces te quejas de médicos, pensiones, adolescentes, recetas, seguridad social, de que tienes tiempo para vivir justo cuando no tienes tiempo.

Apenas tenemos tiempo para vivir porque hemos de trabajar. Sin embargo el problema es el paro. ¿No se supone que el hombre ha de progresar?. ¿No deberíamos ir hacia un mundo donde se trabajase menos y viviese más?. ¿Es que no se trataba de vivir?. ¿Es que no somos suficientes, con tecnología suficiente, para vivir más y trabajar menos?. Quizá nos falte tecnología, quizá nos falte una de esas cámaras fotográficas con vista panorámica que nos permita ver el bosque alguna vez.